viernes, 24 de julio de 2009

* EL PASEO DE LOS SENTIDOS *

A esta podría titularla "El paseo de los sentidos" y es que tal vez por ser la última marcha de la temporada, la tarde estuvo generosa con nosotros. Hacia un poco de viento fresquito que se agradecía considerablemente después de los pasados días de calor infernal.
Partimos de la Esquina de los Herreros, como es habitual, y emprendimos el camino hacia el río unas 30 personas. Tras nosotros quedaba una estela de fino polvo, ante nosotros la magia del campo ardaleño en verano: las coloridas adelfas, los rastrojos amarillentos, las verdes higueras apuntando fruto, almendros, olivos, membrillos... Al fondo y como guia, el Castillo Turón, coronando la lontananza.

La primera parada la hicimos en el "Molino de enmedio", la pancarta de rigor, el "niño agáchate que si no no sales", "juntaos un poco más", ahora ponte tú y yo echo la foto"...

Después de esto ya del tirón, cruzando olivares,bordeando una granja de cabras, atravesando un arroyo seco, llegamos a nuestra meta.

Es el momento de describir sonidos y olores: las ranas, que se escondieron nada más sentirnos y que no volvieron a croar hasta que se aseguraron de que nos habíamos marchado, un par de horas más tarde; el agua venciendo obstáculos y precipitándose con suavidad hacia abajo; el aroma del río, esa mezcla de barro, agua, vegetación, ese aroma que está ahí desde que yo lo recuerdo y que me golpea el alma cada vez que vuelvo a percibirlo, el hinojo, las adelfas, el matagallo, los juncos... el perfume más hermoso del mundo.

El charco, presidido por la gran roca, nos llamaba a saborear sus aguas frescas. No lo dudamos y entramos en él dispuestos a dejarnos acariciar por la corriente, El sol comenzaba a trasponer por detrás de los que prefirieron descansar en las rocas y disfrutar de la suave brisa.

La superficie del charco cambiaba de color según la posición del que lo observaba: si se miraba hacia el oeste era marrón verdoso, si nos situábamos hacia el este, plateaba.

Los sonidos también cambiaron y al murmullo de las aguas que se trasponian río abajo se le unió el griterio de los chiquillos y no tan chiquillos, el trallazo de los cuerpos chocando contra la superficie del agua, después de volar por breves segundos desde la roca, y los adjetivos de admiración que nos arrancaba la sensación del agua en la piel. era el merecido trofeo, el premio, el regalo que la naturaleza nos hacia gratuitamente con toda su generosidad.

Nos fuimos saliendo poco a poco, excepto los niños que dudaron más tiempo si aquel salto en "bomba" que hacían era el último o el antepenúltimo.

Cuando el sol se ocultó, dejamos al charco tranquilo. Algunos nos fuimos con cronista oficial de la villa para que nos enseñara un arco romano, pero las zarzas se lo impidieron pese a que luchó contra ellas a pecho partido, como un jabato. Se volvieron a aquietar los sonidos: estábamos cenando. En la sobremesa hubo canciones, chistes (casi los de siempre, pero nos reímos igualmente) y tras ella iniciamos el camino de regreso, mirando al horizonte para encontrarnos con el brillo de Venus. Poco a poco el campo iba retornando su ser: las ranas comenzaron a croar de nuevo, algún grillo, alguna chicharra, el movimiento de las hojas de los árboles, nuestras voces que se diluían con la noche.
Poco antes del Puente de la Molina encendimos las linternas en cielo limpio de Ardales, no eran suficientes. Allí estaba el Carro, la Osa Menor, Casiopea, el Cisne, decorando aquella peculiar capilla sixtina de la noche. Volvíamos felices, pletóricos, preparados para dar descanso a nuestras emociones con Morfeo, el guardián, el que vela los sueños.


Texto: Mª Isabel Duarte Berrocal.
Fotos: Virginia Marquez y Juan Duarte.
GALERIA FOTOGRAFICA.























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